CUANDO LOS HIJOS CRECEN Y LAS COSAS CAMBIAN.
De adolescente me imaginaba como una alta ejecutiva de una empresa. Habían calado en mi esas películas de principios de los 90s, en las que las mujeres ocupaban cargos corporativos importantes, y si bien no tenía muy claro que quería estudiar en la universidad -pensaba en derecho, arquitectura o ‘business’- lo que sabía era que a lo artístico no me iba a dedicar… Tener una madre artista, a quien nunca le sobró el dinero, me había marcado profundamente, y en ese campo no veía mi futuro.
Pero como uno propone y D-os dispone, me salió el tiro por la culata… Me matriculé en la carrera de Administración de Empresas. Y me quedé en el primer cuatrimestre de aquella materia que le decían “Mate-125”. ¿Qué diantres estaba pensando si en la escuela y el cole siempre pasaba de milagro matemática básica? El profesor del curso de la U (cuyo nombre no recuerdo, pero era un gordito simpaticón), se me acercó mientras yo lloraba sobre mi examen final, y me dijo algo así: “Esther, lo suyo no son los números, ni la contabilidad, ni la estadística. Si la carrera dura 3 años, a usted le va a tomar 8. Creo que debería reconsiderar qué estudiar, yo la veo en letras o arte”. Y bueno, fue como un balde de agua fría a mi ideal de “mujer ejecutiva”, pero sin duda uno de los mejores consejos que me han dado. Conste, para sumar, invertir y ahorrar no soy nada tonta, pero de multiplicaciones, divisiones o ecuaciones no entiendo una mierda.
La cosa es que estudié Comunicación y Relaciones Públicas, y si bien a lo largo de los 25 años desde que salí de la universidad he trabajado ‘on and off’ en mi campo, fue la fotografía y el maquillaje profesional -y más recientemente esto de escribir y hacer comedia- por lo que creo me conoce la gente. Dedicarme a la fotografía y a ser estilista por tantos años me permitió tener mucha flexibilidad de horarios cuando me convertí en mamá. Los fines de semana desde el viernes y hasta el domingo, eran mis días más movidos, entre sesiones de fotos, y peinar y maquillar señoras y señoritingas para diferentes actividades, especialmente bodas. El marido aprovechaba para estar con los chiquitos, yo me iba tranquila, y durante la semana me dedicaba a editar y entregar las fotos.
Fueron años muy intensos, que me permitieron conocer a muchísimas personas, hacerme un nombre, aportar económicamente a mi casa, y estar muy activa. Y aunque con frecuencia sentía que no me alcanzaba el tiempo entre el trabajo, los niños y las responsabilidades propias de la casa, me había acostumbrado a ese ritmo, y lo disfrutaba. Pero un buen día, sin previo aviso, mis hijos entraron en la adolescencia, se acabaron buena parte de las extra curriculares, ya no iban a ‘play-dates’ (o por lo menos yo no estaba invitada), y pasé a un quinto plano en importancia para esas personitas que tanto habían dependido de mi guía, mi compañía y mi opinión.
Paralelamente a esta etapa, me enfermé feo y me operaron del corazón. Después de la cirugía seguí tomando fotos aproximadamente un año, pero me di cuenta que ya no daba la talla durante las sesiones, que me fatigaba muchísimo, que mi paciencia con los niños chiquitos ya no era la misma, y que siendo franca me había saturado de eso de ser fotógrafa. En cuestión de tres años mi vida pasó de ir como yegua desbocada a 180 kms por hora, a tener hijos independientes, a los que veo poco, me hablan en monosílabos y ya no les hago mucha gracia que digamos… Me toleran. Y me ha pegado duro. Y cuando lo digo, significa durísimo. Pasé de quejarme porque no podía hacer prácticamente nada más que dedicarme a ellos y a mi trabajo, a tener tanto -TANTO- tiempo a mi disposición que me desespero al punto de querer llorar. Porque eso de hacer comedia no es de todos los días, y entre un show y el siguiente a veces pasan varios meses.
“Para el que no quiere caldo, dos tazas”, dice el refrán, y así como así, se juntó a este proceso de adaptación el de la encantadora y siempre tan espontánea pre-menopausia, que me ha tenido al vaivén de mis hormonas y mis emociones como niñita puberta, que me hace sudar a chorros en los momentos menos oportunos, que me desbarajustó las menstruaciones y hace que me duelan mis ‘boobies’ todos los días, que me ha quitado la habilidad de dormir ocho horas seguidas, y me recuerda que el punzón de la espalda baja y el “crack-crack” de las rodillas no son cuento, llegaron para quedarse -¡y me lleva la puta madre!- el ortopedista me dijo que a huevo tengo que hacer pesas y consumir más proteína y calcio. Y eso me inflama el colon como un bombo…
Pero lo que me tiene mal es que cuando pensaba que iba a estar más tranquila porque tendría más tiempo a mi favor, es cuando más ansiosa y triste he estado. Profunda y desconsoladamente triste. Con una sensación de estar como desubicada en el espacio, queriendo reinventarme sin lograrlo, sintiendo cuando me meto a LinkedIn a ver qué ondas, y que estoy profesionalmente desactualizada, que ya soy “vieja” para muchos de los puestos que ofrecen las empresas, y que aunque me haya matado trabajando en mi pequeño emprendimiento unipersonal por más de dos décadas, ante los ojos del mundo corporativo no soy nadie. Nadie.
Así que para quienes están leyendo esta nota, especialmente los esposos y parejas de las mujeres que nos dedicamos a los hijos, y en paralelo trabajamos por años en nuestros proyectos profesionales en solitario, las que estamos pasando por la pre-menopausia y la menopausia, y de repente todo cambia en nuestra rutina, y nos quedamos como a la deriva, porfavor comprendan; lo que nos pasa no es nada sencillo, a veces ni nosotras mismas lo entendemos, empezar de nuevo ya no es tan fácil. Cuando nos vean apagadas o pensativas, recuérdennos todo lo bueno que hicimos hasta ahora.
Esther
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